los brazos princesa, la luz restalla en la boca, cayendo golosa como migas de pan sobre el albero del apéndice inclinado de este su sexo. este es el camino hacia la soledad de los cuerpos abiertos.
esto no es un cuchillo es su lengua repasando las piernas que están heladas y rotas como el reloj de un muerto.
parece vagar por el submundo parece no haber dormido desde hace tiempo esta carretera está demasiado alejada del mar quizá hace días que no ve la salida quizá el asfalto no es lo mejor para alguien que se deshace en las manos con sólo tocarlo quizá no quiso hacer daño a los niños de ojos de rata que hablaban en un lenguaje vacío porque todos eran de la misma familia o al menos los rasgos hacían suponer que iban a gritar de la misma manera y que después de los aullidos la inminencia del estertor y el frío en los huesos pensábamos que dios vendría a recuperarle para las olas los días que las estrellas giran hacia sí o los jardines glaucos del esplendor de las aves de paso.
quizá no habría vuelto jamás a ver la luz ni los laberintos insondables del océano si acaso supiese que esto no es el final del camino ni siquiera una posibilidad de regreso.
hay una puerta abierta que deja pasar la noche dentro del hogar. allí, los comensales duermen, abatidos. la noche es una santa que devoró lo que quedaba en su pequeño plato de cobre, limpiando sus labios después de jugar con las cerezas. mientras, los lobos rodean la casa y tú no estás allí para verlo, sólo sabes leer las dentelladas, mañana, quizá, a través de esa puerta abierta. aprenderás a entender las marcas de los perfiles de la sombra en el estertor del poema, el olor de la huida o los enormes silencios tras los muebles helados, justo cuando la noche vuelve a caer sobre nosotros como una enfermedad o un suspiro. como el amante que no sabe olvidarnos.